COREMI

PASTORAL SACERDOTAL

GRAN SEMINARIO MAYOR

PASTORAL VOCACIONAL

VICARÍA EPISCOPAL PARA LA VIDA CONSAGRADA


FONDO COMÚN SACERDOTAL

DIACONADO PERMANENTE

COREMI

SECRETARIADO DE PASTORAL CATEQUÉTICA
Y EDUCACIÓN RELIGIOSA ESCOLAR


CAUSA DEL PADRE JESÚS ANTONIO

PAMISA



¿QUÉ ES COREMI?

El COREMI está conformado por representantes de los diversos sectores del Pueblo de Dios y de las principales fuerzas misioneras de la región:

• Un obispo
• Directores diocesanos OMP de la región
• Religiosas
• Delegado de Institutos Misioneros
• Delegado de los formadores de seminarios
• Laicos misioneros

En su reunión del 5 de Marzo de 2004, los señores obispos de nuestras dos Provincias Eclesiásticas, analizaron las “Propuestas del II Encuentro Regional Misionero (Medellín, julio 10 a 12 de 2003), y de los directores diocesanos de las Obras Misionales Pontificias (OMP), para instituir un Comité Regional Misionero y decidieron aprobar la creación del Comité Regional Misionero COREMI.

¿Qué servicios prestan?

1. Fortalecer la integración misionera regional y animar los programas misioneros que se acuerden con nuestros obispos en las reuniones de Provincias Eclesiásticas, en los Encuentros Regionales Misioneros y en las reuniones de los directores diocesanos OMP.

2. Promover el “Servicio Misionero más allá de las Fronteras” para laicos, religiosos, y ministros consagrados y apoyarlos con los servicios de formación misionera correspondientes.

3. Colaborar conjuntamente en una misión Ad Gentes, que nuestras dos provincias eclesiásticas asuman en el país o fuera de él.

4. Promover el envío de dos misioneros de cada diócesis al curso anual para misioneros Ad Gentes.

5. Animar a las Iglesias particulares y a los superiores religiosos para que promuevan en ellas cada una de las OMP.

6. Intensificar la formación misionera en los seminarios a través de un programa permanente específico.

7. Promover y fortalecer el Comité Parroquial de Misiones en las parroquias de nuestras diócesis.

8. Realizar la Escuela Regional de Animadores Misioneros, ESAM. Cada diócesis enviará delegados según sus posibilidades.

9. Promover el curso de Formación Misionera a distancia, OMP entre los agentes de pastoral y especialmente entre los laicos.

10. Realizar los Encuentros Regionales Misioneros cada dos años y hacer el seguimiento correspondiente.

11. Establecer y promover la organización de una red de Misioneros Laicos de nuestras diócesis y de los Institutos Religiosos que tienen laicos.

12. Motivar y apoyar a las Iglesias Particulares de la región para que apliquen las orientaciones misioneras de la Iglesia Universal, del Congreso Misionero Americano, CAM, y del Congreso Nacional Misionero.

(Tomado del documento “CREACION DEL COREMI” enviado por Mons. Julio Daniel Botía A.)


Aparecida ¿el despertar de la iglesia misionera?
«No anunciamos la fe que tenemos, sino que tenemos la fe que anunciamos»
La fe se acrecienta donándola


Un total de 176 obispos, arzobispos y cardenales, apoyados por otros 94 participantes (sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos y representantes de otras Iglesias cristianas), van a analizar en Aparecida, a unos 180 kilómetros de Sao Paulo, el estado del catolicismo latinoamericano, con un objetivo muy simple en mente: el de buscar las respuestas pastorales más adecuadas para combatir los grandes problemas que sacuden al continente. 

Pero, ¿cómo es esa Iglesia latinoamericana? ¿Cuáles son los principales retos a los que se enfrenta? ¿Y cuáles los problemas a los que tienen que hacer frente a diario sus gentes?

Lo primero que ha de subrayarse en relación con esta V Conferencia General del CELAM es que los obispos que acuden a la misma pastorean un continente eminentemente católico y con unas “enormes potencialidades espirituales y religiosas”, en reciente expresión de Benedicto XVI. Las cifras no dejan lugar a dudas. De los aproximadamente 600 millones de personas que habitan esa parte del planeta, 480 millones se confiesan católicos. Ello quiere decir que esos países acogen a casi la mitad (el 43% exactamente) de los creyentes en Jesucristo que siguen el magisterio del sucesor de Pedro.

No es de extrañar, en vista de esas cifras, que Juan Pablo II acuñara en su día esa expresión que habla del continente americano como “el de la esperanza”. El Papa polaco vio en esos números el hermoso fruto de cinco siglos de labor evangelizadora y toda una garantía para un futuro prometedor. Su optimismo resulta, por ello, comprensible, y más aún si al hecho numérico se añaden otros elementos igualmente positivos, como “la fuerte tradición católica” de esos países o el “incremento del número de sacerdotes y de seminaristas” que se viene constatando en los últimos tiempos.

Ahora bien, ¿es exacta esa percepción? ¿Se puede seguir hablando hoy sólo de bondades en el catolicismo latianomericano? 

La respuesta ha de ser negativa. Junto a las luces, están también las sombras, como corroboran los informes que periódicamente elaboran los propios episcopados nacionales. En los que presentaron, por ejemplo, en 2005 al Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM, el organismo que engloba a las 22 Conferencias Episcopales de la zona) con ocasión de la celebración en Lima de la trigésima asamblea ordinaria de la institución, se constataban, sí, datos para el optimismo y la esperanza –el compromiso evangelizador de un gran número de agentes de pastoral, una mayor participación en la Eucaristía dominical, etc.–, pero también realidades bastante preocupantes. Los obispos reconocían, por ejemplo, que si bien en algunos países existe aún un fuerte sentido religioso, se está produciendo también una disminución de la fe; que en los fieles hay una identidad católica difusa y un débil sentimiento de pertenencia a la comunidad eclesial; que en la vida litúrgica se han hecho pocos esfuerzos de inculturación; que la desintegración familiar avanza a pasos agigantados; y que se vive, en general, un cristianismo individualista, sin proyección social. 

"¿Hasta cuándo América Latina será un continente católico?”, se preguntaba en voz alta por esas mismas fechas el cardenal brasileño Claudio Hummes, entonces arzobispo de Sao Paulo y hoy prefecto de la vaticana Congregación para el Clero, para denunciar, asimismo, el grave problema que supone la continua deserción de fieles desde la Iglesia católica a las “sectas” pentecostales y evangélicas. 

Tal vez por todo ello, el arzobispo de Tegucigalpa, cardenal Rodríguez Maradiaga, acaba de cuestionar ahora lo apropiado de esa expresión del Papa Wojtyla. “Se dice que América Latina es el Continente de la Esperanza y del mayor número de católicos, pero yo le pongo matices a esa afirmación: bautizados, sí; catequizados, muchos menos. Estamos tan felices porque nos dicen todo eso –que somos ‘el Continente de la Esperanza’, ‘la mayoría de la Iglesia’, etc.– que no nos damos cuenta de que estamos dormidos, que el corazón misionero de los bautizados latinoamericanos se ha dormido” 

 La Iglesia en América Latina tiene ante sí tantos desafíos que a veces resulta difícil hasta determinar las prioridades. ¿Deberían primar, sobre otros, el drama de la disolución paulatina de la institución familiar, recién denunciado por el Papa? ¿O habría, más bien, que poner el acento en la violencia terrible que sufren sus sociedades? ¿O en el narcotráfico inmisericorde que penetra y amenaza a las mismas instituciones, en el drama de los flujos migratorios, en la fragilidad de las democracias, en la falta de auténticos líderes políticos…? Creo que la prioridad para nuestra iglesia es volver a ser misionera, volver a su origen, a su vocación, a su “naturaleza”: el anuncio del evangelio. Creo que es tiempo de volver a una iglesia misionera porque como dice el papa Juan Pablo II “La fe se acrecienta donándola” (RM): nuestra comunidad católica se puede renovar y crecer en su fe y en su vida solo si vuelve a ser misionera, si redescubre su vocación primordial de anunciar la Buena nueva, si vuelve a su fundamento “el ser para la misión”. Dios fundo la iglesia para que anunciara la Buena Nueva a todo hombre de la tierra: es su misión, su naturaleza, su motivación de existir. Y, como en cada época de cambio, una comunidad para renovarse tiene que volver a “enamorarse”: tiene que volver al “centro” de su vida para empezar de nuevo.

Y para ser misionera tenemos que cambiar la manera de ver y de vivir en la Iglesia y este es el desafío para los próximos años para la iglesia en América latina.
Tendríamos que preguntarnos (y esta es una pregunta auténticamente misionera) ¿Qué están pidiendo las nuevas generaciones a la Iglesia? ¿Qué llamadas hacen las nuevas generaciones a la Iglesia? ¿Cuál es la Iglesia que quiere la gente para el futuro?

Primero: Creo que nuestra gente quiere más “fe y experiencia personal”:
Las nuevas generaciones quieren fe basada en la experiencia personal, no un código de dogmas. La oración: es imprescindible la oferta de espacios de oración bien preparados. Encontrarse con el silencio para el hombre de hoy es toda una aventura, ya que vienen de un mundo lleno de ruido.

Segundo: Creo que nuestra gente quiere más “Participación”:
Sobretodo los jóvenes quieren una Iglesia en la que sentirse protagonistas. Habitualmente el joven que llega a nuestros grupos es más tratado como objeto que como sujeto. Ser protagonistas significa también poder participar. Normalmente nos encontramos con unas parroquias muy movidas por inercias, más que por opciones; en las que siempre se recurre a los mismos a la hora de consultar decisiones; con algunas personas que se perpetúan en sus tareas, cuando no aún monopolizadas por el párroco.

Tercero: Creo que nuestra gente quiere más “Cultura democrática”:
Ser protagonistas demanda también poder decidir. Viviendo en una sociedad democrática como viven, nuestra gente encuentra en la Iglesia una institución jerárquica que cuando quiere justificar su status dice que «es más que democracia».

Cuarto: Creo que nuestra gente busca “Una nueva comunidad”:
El ámbito eclesial debe ser un espacio cálido de acogida, donde cada uno sea llamado por su nombre, se hagan posibles unas relaciones cercanas, solidarias, fraternas. Pero también tienen que ser comunidades que ofrecen algo más. A veces da la impresión de que por no asustar, demoramos indefinidamente el anuncio explícito de lo que significa ser seguidor de Jesús.

En la misma línea, lo anterior supone una llamada a ser una Iglesia mucho más testimonial y comprometida. No hay ofertas claras si no hay referentes eclesiales que las hagan visibles.

Esta Iglesia comprometida debe serlo sobre todo a favor de los más pobres.
Si para nuestra gente la libertad es un valor fundamental, la Iglesia debe ser espacio de libertad. La Iglesia debe ser un ámbito donde se practica la crítica constructiva y la escucha.  

La gente demanda no una Iglesia que les ofrece sacramentos, sino una orientación de vida y un espacio donde reforzarse en ella. Este espacio puede ser la comunidad de referencia: allí la persona, junto a otras personas, obtiene claves de análisis de su situación personal y social, crece en la fe, ora, descubre la implicación práctica de optar por el seguimiento de Jesús, se siente acompañado en su proceso, se encuentra con personas como él que han tomado la misma opción y tienen parecidas dificultades. La comunidad es a la vez espacio cálido y de contraste, de reconocimiento y de exigencia.

Creo que este tipo de ámbito es necesario tanto para adultos como para jóvenes, y cada vez lo será más, aunque sólo sea como mecanismo de defensa frente a la indiferencia general que vamos a encontrar en la sociedad.

Quinto: Creo que nuestra gente busca “Acogida incondicional”
Nuestra gente pide ser acogido como es: con su lenguaje, sus intereses, sus formas de hacer las cosas, sus opiniones. Esto supone muchas cosas, pero yo remarcaría el ámbito de la celebración como uno muy importante y necesitado. Cada vez se impone con más evidencia la necesidad de reformar nuestras celebraciones litúrgicas en lo que se refiere al lenguaje, a la participación, a la relación con la vida concreta de las personas. Y en esta tarea habrá que tener en cuenta a los jóvenes, aunque sin ser ingenuos: no se nos van a llenar las misas sólo porque pongamos una batería en lugar del órgano, pero algo es algo.

No soy un experto en la materia, pero intuyo que habría que dar cabida a otras formas de expresión en la que el cuerpo también jugase algún papel, que la celebración no tuviera un único actor (el presidente) aunque fuese el principal, donde pudiera haber otras palabras, donde los problemas de la gente se hiciesen presentes con fuerza, donde los símbolos utilizados tengan significado por sí mismos para la gente de hoy sin tener que ser explicados... y, pensando en los jóvenes, que sean verdaderas celebraciones, es decir, festivas, alegres.
 
Hay, pues, mucha tarea por hacer y necesitamos para ello ser imaginativos y valientes. Afortunadamente, contamos con la ayuda del Espíritu.

Apoyémoslo con oración y colaboración. Enviemos sugerencias y aportes al COREMI: aquidiocesis@une.net.co Calle 57 49-44 Of. 319 Tel. 251 77 00 ext.719


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