Décimo
noveno domingo ordinario
EN
RESUMEN
Primero Reyes 19, 9 a. 11 – 13 a. Elías quiere
escapar de Israel, donde se olvida al Dios de la Alianza.
Pero un ángel le anuncia que el Señor va a pasar
por donde se ha refugiado. No estaba el Señor en el
huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego..., sino
en un susurro casi inapreciable.
Salmo 84, 9 a – 14. Al regresar de nuevo la patria,
el pueblo antes desterrado, cantaba al Señor agradeciendo
que Él nunca los había abandonado. También
nosotros proclamamos la cercanía y el amor de Dios,
que acompaña a su hijos en toda circunstancia.
Romanos
9. 1 – 5. Pablo trata de vivir entregado a sus hermanos,
compartiendo con ellos su misma fe y sus mismos problemas.
Su amor hacia la comunidad lo lleva a dolerse cuando las cosas
y las personas no andan bien. Un ejemplo para todos nosotros.
Mateo
14, 22 -33. Jesús viene a hacer presente al Dios de
la Vida, que todo lo hace nuevo. Él nos ayuda a descubrirlo
en todas las circunstancias, aun en aquellas más arduas.
Él nos invita a no tener miedo, apoyados siempre en
su presencia y en su poder.
REFLEXIÓN
Las reliquias del lago
El Santo Grial, supuestamente aquella copa usada por Jesús
en la última cena y en la cual José de Arimatea
hubiera recogido sangre del Maestro, tuvo en siglos pasados
fervientes buscadores. Por ella se enfrentaron obispos y abades,
bandidos y príncipes.
Todo
ello a causa de un piadoso deseo: Conservar alguna reliquia
del paso de Jesús por nuestra tierra. Sin embargo,
nos queda una auténtica, notable, visible: El lago
de Genesaret. Allí está, hace más de
veinte siglos con sus aguas y sus juncos, sus abundantes peces
y sus pescadores mañaneros, sus tempestades y sus bonanzas.
Alrededor
de aquel llamado “Mar de Galilea” pasó
Jesús la mayor parte de su vida pública. En
sus orillas se alzaba Cafarnaún, centro comercial y
político de la región y otras ciudades más
pequeñas como Séforis, Tariquea, Betsaida, Magdala,
poco mencionadas por los evangelistas.
Con
144 kilómetros cuadrados y 50 metros de profundidad
máxima, el lago guarda además de sus abundantes
peces, leyendas de espíritus y sombras, que sobre todo
en las noches de borrasca, atemorizan a los pescadores.
Allí
ocurrió aquella pesca milagrosa, por el poder de Cristo,
de la cual da testimonio el Evangelio. Y también este
episodio: Jesús andando sobre el agua, llega al encuentro
de sus discípulos. Luchaban ellos de madrugada contra
el oleaje y al ver que alguien se acerca sobre las olas, gritan
de miedo creyendo ver un fantasma. Pero Jesús les dice:
“Soy yo. No temáis”.
Pedro,
confiado en el Maestro, talvez con cierto afán de protagonismo,
pide una prueba: “Si eres tú, mándame
ir andando sobre el agua”. Jesús le dice: “Ven”.
Y el apóstol se lanza a la aventura. Pero duda enseguida,
ante el acoso del viento, y empieza a hundirse. Por lo cual
grita de nuevo. El Señor lo toma de la mano. “Hombre
de poca fe”, le dice y lo sube a la barca.
Vemos
pues que el nivel de flotación sobre el agua - y sobre
nuestros problemas - depende de la confianza que tengamos
en Dios. No es lo mismo enfrentar a solas nuestras dificultades
que sentir al Señor a nuestro lado. Y esa oración,
a veces en forma de grito como señalan los salmos,
puede devolvernos la calma.
De
otro lado, nos preguntamos si para muchos hombres y mujeres
de hoy, Dios es un fantasma. Pudiera ser. Porque algunos lo
identifican con un tirano que amarga las alegrías de
esta tierra y amenaza con un trágico final.
Pero
la culpa del problema es talvez nuestra, de quienes le hacemos
la publicidad al Señor. Quizás no hemos enseñado
una religión ascendente que empiece descubriendo la
bondad y la belleza del Creador en el mundo universo. Quizás
hemos presentado una teología árida y represiva,
antes que el encanto avasallador del Evangelio.
Cabría entonces en los discípulos de Cristo,
una actitud humilde y renovada. Para no condenar ni separar.
Sino más bien para convocar y acompañar. Entonces
el Maestro tomará de la mano a muchos temerosos y angustiados,
para encontrase cara a cara con ellos, reunidos en la nave
de la esperanza.
CALIDOSCOPIO
Otros
posibles temas para la homilía:
•
Motivar a los fieles a reconocer a Jesucristo como verdadero
Hijo de Dios. Aceptando en la práctica, que su poder
actúa en sus seguidores y creyentes.
•
Explicar a los fieles cómo pueden mantener una actitud
de búsqueda, para descubrir a Dios en el silencio interior,
en el susurro hondo del Espíritu en nuestro interior.
• Presentar de qué maneras Cristo que aparece
en la travesía de la vida como alguien que calma las
tempestades y sosiega el corazón.
•
Exponer en relato de victoria de Jesús sobre la tempestad
desde la visión judía del hecho, pero ayudando
a comprender la acción de Cristo en nosotros ante las
tormentas que nos zarandean en la vida.
• Reflexionar sobre la importancia de una fe madura
e incondicional en la vida cristiana.
*ASTERISCO
Un hombre lleno de contrastes
Así
nos muestra el Evangelio el temperamento de Simón Pedro
con sus marcados contrastes. Profundamente humano, es decir,
igual a nosotros. No se contenta con ser uno más entre
los Doce. Tiene que ser él mismo. También ha
sentido miedo como sus compañeros. Pero se atreve a
pedir una prueba: “Señor, si eres tú”…Le
expresa ruega a aquel desconocido que él quiere caminar
sobre las aguas. Riesgo de enfrentarse a un fantasma. Riesgo
mayor de hundirse, como sucedió luego.
Y
ante la invitación del Maestro se lanza al lago y anda
unos pasos sobre el agua. Tiene fe y tiene miedo .Aunque sabe
nadar comienza a hundirse. Hasta que Jesús le extiende
su mano y Pedro enlaza la suya temblorosa, con el Señor.
Estas
manos unidas, señala un escritor son la firme garantía
para cada creyente, para cada mortal acosado de miedo. Para
el diario trabajo que a todos nos golpea.
San
Mateo indica que Pedro gritó. Con un grito más
fuerte que aquel viento que barría las olas: “Señor,
sálvame”.
Cuando
ya nos hundimos, lo único que podemos hacer es gritar,
pero con la certeza de que el Señor quiere escucharnos.