JUNIO 2008

PONENCIA PADRE EMILIO BETANCUR, DIRECTOR PASTORAL SOCIAL, EN EL SEMINARIO “DEMOS A LOS NIÑOS UN FUTURO EN PAZ”, DEL 6 DE SEPTIEMBRE DE 2007

Cuarta Parte

NOS HA NACIDO UN NIÑO, CUIDADO CON MATARLO

Lucas recoge además de los mitos egipcios, las imágenes del nacimiento del dios de la luz y médico griego Aslepio, con el fin de acceder al misterio de la encarnación.

La figura infantil del Dios de Belén no representa una etapa preliminar, aún inacabada, de una maduración posterior, sino que debe ser entendida en sí misma como un niño salvador de nuestros niños y niñas.

Quizás por la necesidad de salvar los niños y niñas, muchos creyentes no han dejado crecer el niño de Belén y prefieren llamarlo “el Divino Niño”, con tal que no llegue a ser adulto.

Sólo así se entiende la devoción al Divino Niño, de los niños o los adultos que se han hecho como niños, con el fin de entrar al Reino. Lo demás, son pequeñas devociones, así tenga miles de devotos.

En “El Cura Rural” de Bernanós se cuestiona la extrema crueldad de los adultos por medio de la bondad infantil, y la carencia de prejuicios que lo hace disponible. Hoy cuestionaríamos la falta de imaginación de la publicidad, no siendo capaces de vender sino utilizando niños.

Para el Nuevo Testamento los niños son pobres, llenos de confianza e imagen del niño de Belén.

En adelante este niño será superfluo para quienes se sienten cómodos en la superficialidad, molesto para todos los intransigentes e intolerantes, inoportuno para quienes se sienten dioses desde su razón y desagradable para todos los que quieren ser agradables. Es decir, en la noche de Navidad todo ser humano puede sentirse superfluo para ser tenido en cuenta por Dios.

No sin razón la liturgia celebra pedagógicamente el nacimiento del niño en el momento en que los días son más cortos y las noches más largas, cuando la luz amenaza con morir. Así comprende el hombre o la madre pobre, o el niño débil, que pueden existir más allá del frío, más allá de la soledad, en medio del desplazamiento o la indigencia, porque viven en medio de la abundancia de la gracia. La gracia es su luz.

Desde la noche de Belén todos los pobres, pero primordialmente los niños, en su carencia de afecto y sus actuales o futuras carencias, deben ser mirados como hijos e hijas de Dios, por tanto, tratados como hijos de Dios y hermanos nuestros.

Los niños que vimos en la primera parte –en el escenario y actores de la infamia-, sobre todo aquellos que son víctimas del desplazamiento, son el mismo Jesús niño, quien vino a los suyos; a nosotros antioqueños y residentes en esta ciudad, pero los suyos, que somos nosotros, no lo hemos recibido: esta es la promesa a los niños y a los que se hacen como niños: “a quienes los recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios”. Que seamos hijos de Dios por recibir a estos niños es una promesa formidable. Y todo encuentro con un niño empobrecido por nosotros, debía ser la verificación de esta promesa.

Pablo dice que su segundo viaje fue hecho con el fin de verificar si era cierto que la Palabra se estaba cumpliendo en las comunidades. La acogida a los niños es la verificación del cumplimiento de la promesa.

El corazón del hombre es el nuevo pesebre donde Dios quiere, como niño, llegar a ser hombre.

A partir del nacimiento del niño de Belén todo lo de los niños le pertenece a Dios, pero ante todo, el cuerpo, porque la Palabra de Dios se ha hecho carne, convirtiéndose, en los niños explotados sexualmente, en carne débil, sufriente y despreciada por ser comprada.

También es cierto que a partir de la noche de Belén, nadie se hace niño ni de la carne ni de la sangre, sino sólo como don de Dios (Jn 1, 13). Nadie podrá más ser utilizado, menos un niño, porque todos somos propiedad exclusiva de Dios y no de la carne ambiciosa, o supuestamente religiosa, de otro ser humano, así pertenezca al templo de Jerusalén pero haya olvidado que el templo de Dios son los niños, antes que una parroquia, o cualquier capellanía.

Después de Belén nuestra existencia cristiana debe ser como la de un niño perteneciente, con absoluta exclusividad, a Dios; pero también nos pertenecemos como iguales ya que tenemos un padre común, Dios.

Sólo se puede comunicar que Dios se ha hecho hombre empleando una lengua que conmueva el corazón de todos los seres humanos, y ese lenguaje es el de los niños.

Sólo se puede anunciar el mensaje de Belén recurriendo a imágenes lo bastante universales como para que pueda realizarse la encarnación en cada y todo hombre, mas allá de sus pobrezas o haberes, alegrías o sufrimientos, éxitos o carencias. Eso lo puede hacer un niño.

Será un logro enorme de la catequesis anunciar la encarnación como si fuéramos niños, y saberla comunicar, incluso a los niños, pero sobre todo a quienes les han hecho daño a los niños, por no haberse sentido amados por sus padres, o no haber permitido que la Iglesia los sanara en el momento oportuno, antes de ser presbíteros.

         
       
 
 
 
   
   
   
     
       
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