Cuarta
Parte
NOS
HA NACIDO UN NIÑO, CUIDADO CON MATARLO
Lucas
recoge además de los mitos egipcios, las imágenes
del nacimiento del dios de la luz y médico griego Aslepio,
con el fin de acceder al misterio de la encarnación.
La
figura infantil del Dios de Belén no representa una etapa
preliminar, aún inacabada, de una maduración posterior,
sino que debe ser entendida en sí misma como un niño
salvador de nuestros niños y niñas.
Quizás
por la necesidad de salvar los niños y niñas, muchos
creyentes no han dejado crecer el niño de Belén y
prefieren llamarlo “el Divino Niño”, con tal
que no llegue a ser adulto.
Sólo
así se entiende la devoción al Divino Niño,
de los niños o los adultos que se han hecho como niños,
con el fin de entrar al Reino. Lo demás, son pequeñas
devociones, así tenga miles de devotos.
En
“El Cura Rural” de Bernanós se cuestiona la extrema
crueldad de los adultos por medio de la bondad infantil, y la carencia
de prejuicios que lo hace disponible. Hoy cuestionaríamos
la falta de imaginación de la publicidad, no siendo capaces
de vender sino utilizando niños.
Para
el Nuevo Testamento los niños son pobres, llenos de confianza
e imagen del niño de Belén.
En
adelante este niño será superfluo para quienes se
sienten cómodos en la superficialidad, molesto para todos
los intransigentes e intolerantes, inoportuno para quienes se sienten
dioses desde su razón y desagradable para todos los que quieren
ser agradables. Es decir, en la noche de Navidad todo ser humano
puede sentirse superfluo para ser tenido en cuenta por Dios.
No
sin razón la liturgia celebra pedagógicamente el nacimiento
del niño en el momento en que los días son más
cortos y las noches más largas, cuando la luz amenaza con
morir. Así comprende el hombre o la madre pobre, o el niño
débil, que pueden existir más allá del frío,
más allá de la soledad, en medio del desplazamiento
o la indigencia, porque viven en medio de la abundancia de la gracia.
La gracia es su luz.
Desde
la noche de Belén todos los pobres, pero primordialmente
los niños, en su carencia de afecto y sus actuales o futuras
carencias, deben ser mirados como hijos e hijas de Dios, por tanto,
tratados como hijos de Dios y hermanos nuestros.
Los
niños que vimos en la primera parte –en el escenario
y actores de la infamia-, sobre todo aquellos que son víctimas
del desplazamiento, son el mismo Jesús niño, quien
vino a los suyos; a nosotros antioqueños y residentes en
esta ciudad, pero los suyos, que somos nosotros, no lo hemos recibido:
esta es la promesa a los niños y a los que se hacen como
niños: “a quienes los recibieron les dio el poder de
ser hijos de Dios”. Que seamos hijos de Dios por recibir a
estos niños es una promesa formidable. Y todo encuentro con
un niño empobrecido por nosotros, debía ser la verificación
de esta promesa.
Pablo
dice que su segundo viaje fue hecho con el fin de verificar si era
cierto que la Palabra se estaba cumpliendo en las comunidades. La
acogida a los niños es la verificación del cumplimiento
de la promesa.
El
corazón del hombre es el nuevo pesebre donde Dios quiere,
como niño, llegar a ser hombre.
A
partir del nacimiento del niño de Belén todo lo de
los niños le pertenece a Dios, pero ante todo, el cuerpo,
porque la Palabra de Dios se ha hecho carne, convirtiéndose,
en los niños explotados sexualmente, en carne débil,
sufriente y despreciada por ser comprada.
También
es cierto que a partir de la noche de Belén, nadie se hace
niño ni de la carne ni de la sangre, sino sólo como
don de Dios (Jn 1, 13). Nadie podrá más ser utilizado,
menos un niño, porque todos somos propiedad exclusiva de
Dios y no de la carne ambiciosa, o supuestamente religiosa, de otro
ser humano, así pertenezca al templo de Jerusalén
pero haya olvidado que el templo de Dios son los niños, antes
que una parroquia, o cualquier capellanía.
Después
de Belén nuestra existencia cristiana debe ser como la de
un niño perteneciente, con absoluta exclusividad, a Dios;
pero también nos pertenecemos como iguales ya que tenemos
un padre común, Dios.
Sólo
se puede comunicar que Dios se ha hecho hombre empleando una lengua
que conmueva el corazón de todos los seres humanos, y ese
lenguaje es el de los niños.
Sólo
se puede anunciar el mensaje de Belén recurriendo a imágenes
lo bastante universales como para que pueda realizarse la encarnación
en cada y todo hombre, mas allá de sus pobrezas o haberes,
alegrías o sufrimientos, éxitos o carencias. Eso lo
puede hacer un niño.
Será
un logro enorme de la catequesis anunciar la encarnación
como si fuéramos niños, y saberla comunicar, incluso
a los niños, pero sobre todo a quienes les han hecho daño
a los niños, por no haberse sentido amados por sus padres,
o no haber permitido que la Iglesia los sanara en el momento oportuno,
antes de ser presbíteros.