AGOSTO 2008

31 de agosto

Vigésimo segundo domingo ordinario

Jeremías 20, 7 -9. Jeremías ha de anunciar la caída de Jerusalén y de Judá, y el destierro del pueblo a Babilonia. Lo cual conlleva el desprecio del profeta. Él se consuela diciendo que el Señor le ha seducido y por lo tanto no puede rehuir la Palabra del Señor, que es fuego en sus entrañas.

Salmo 62, 2 – 9. Este salmo expresa la entrega del creyente en las manos de Dios. El autor confiesa que todo lo suyo está dedicado al Señor, en quien Él se siente confiado y seguro de todos los peligros.

Romanos 12, 1 -2. El verdadero culto que hemos de dar a Dios es vivir de tal modo que crezcamos en gracia y sabiduría. Así lo explica san Pablo a los fieles de Roma. Buscando en todo el bien de los demás y la felicidad mediante el cumplimiento de los mandatos del Señor.

Mateo 10, 21 – 27. La gente tiene a Jesús por un profeta porque le han visto realizar signos y curaciones. Pero Jesús no es el Mesías o líder político que pensaban, sino el "Hijo del hombre" que va a ser rechazado por los poderes humanos, ser ejecutado, y resucitará al tercer día. El camino del Amor de Dios va de la oscuridad a la luz.


REFLEXIÓN

Demasiados dolores

En la liturgia del Viernes Santo hay un himno que alaba de forma poética la cruz del Señor: “Ningún árbol fue tan rico ni en sus frutos, ni en su flor. Dulce leño, dulces clavos, dulce el fruto que nos dio”.

También la tradición cristiana, ayudada por la poesía, pero a la vez iluminada por la fe, le ha cantado al dolor de muchas maneras. Maneras desmedidas a veces.

Por lo cual muchos de nosotros podríamos reclamar: ¿Cabe la poesía en esta pena, en esta enfermedad? ¿Es posible cantar este fracaso, esta ingratitud, esta incapacidad? ¿Vale embellecer esta catástrofe, este vicio del cual no puedo desprenderme?.

Luego de anunciar su próxima muerte, Jesús les dijo a los discípulos que si alguno quiere venirse con Él, ha de negarse a sí mismo. Lo cual equivale a quitar de la propia vida todo aquello que nos devalúa. Y enseguida tomar la cruz. Es decir, cumplir los propios deberes, de modo consciente y constructivo.

Dos tareas que, en muchísimos casos, no pueden realizarse sin sufrimiento. Sin embargo, no es cristiano considerar el dolor como la esencia de la vida cristiana. Lo cual nos llega desde inexactas teologías sobre la redención realizada por Cristo.

En la sociedad europea del siglo XI, cuando el honor debido a los señores había de ser reparado a toda costa, san Anselmo arzobispo de Cantorbery, enseñó: La ira de Dios, ofendido por nuestras culpas, sólo pudo aplacarse al mirar a su Hijo despedazado en la cruz. Más adelante, bajo la influencia protestante, otros predicadores señalaron que Jesús nos redime al sufrir el castigo que los mortales merecemos. Frente a tales doctrinas el Padre Celestial, no sale bien librado. Ese Dios cruel y desmedido en la justicia, no es aquel que Jesús nos describe en sus parábolas.

Comprendemos entonces que el Maestro no vino a la tierra a morir en la cruz. Su objetivo fue amarnos “hasta el extremo”, como escribe san Juan. Pero las circunstancias sociales y políticas de su entorno lo llevaron a la crucifixión.

No fue por lo tanto el sufrimiento sino el amor el que hizo redentor su sacrificio. Lo cual concuerda con aquella frase de san Pablo: “Aunque entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”.

En consecuencia, a quienes pretenden construir el Reino de Dios mediante el sufrimiento, se les abona su buena voluntad, pero se equivocan de técnica. Ante el amor inmenso de Jesús, nosotros procuraremos imitarle, amándolo a Él y a nuestros prójimos. Aceptando además serenamente los sinsabores que, sin duda, nos reportará este compromiso.
Conviene aquí clarificar la idea de mérito, algo tan arraigado en nuestra religiosidad cristiana. Las buenas obras valdrán pues ante Dios, no por el sacrificio que nos cuesten, sino por el amor que guarden en su interior.

Sin embargo, vale reconocer que el sufrimiento, ayer, hoy y siempre es un buen mensajero. Pedagogo además. Sabe entregar los mensajes del Señor, aún en aquellas desconocidas direcciones, donde habitan quienes lo ignoran. Y en muchas ocasiones, el dolor es el único que logra enseñarnos a amar a Dios y a los prójimos.

CALIDOSCOPIO

Otros posibles temas para la homilía:

• Volver sobre el quehacer profético del cristiano en la historia de cada día. El profeta no es quien anuncia las calamidades y las desgracias, sino aquel que es capaz de leer los signos de los tiempos en clave de fe.

• Revisar el culto que realizamos los cristianos. ¿Cómo celebramos? ¿Por qué celebramos? El verdadero culto debe ser en espíritu y en verdad. Un culto que comprometa nuestra vida.

• Exponer las condiciones de acuerdo al Evangelio que son necesarias para el seguimiento del Señor: Negación de sí, cargar con la cruz y seguirle.


• Reflexionar en el la realidad del hombre como “un ser para la comunicación”. Para no cultivar de nuevo el sentimiento de Jeremías: Un comunicarse sin destino, un comunicarse sin respuesta, un comunicarse que vacía, que angustia y que deprime.

• Repasar las diversas pasiones que afligen al hombre de hoy. Pues la pasión de Cristo se repite todos, los días en la historia concreta de los hombres. Pasiones que, sin embargo, han de conducirnos a la salvación.

*ASTERISCO
Aquel seductor

Al rogar a Pilatos que les diera una guardia para custodiar el sepulcro del Señor, los judíos le dijeron: “Recordamos que aquel seductor dijo cuando aún vivía: A los tres días resucitaré”.

La expresión que quiso ser peyorativa, no pudo ser más feliz. La fe cristiana equivale a dejarnos seducir por ese Dios “que tanto amó al mundo”… Recordamos entonces tantas frases del Cantar de los Cantares. Y además la vocación de Jeremías. Cuando él declara que es profeta a su pesar: “Me sedujiste, Señor y me dejé seducir. Me forzaste y me pudiste”.

Tocamos aquí los territorios del amor. Amor que es más fuerte que la muerte, como afirma también la Palabra de Dios. "Esta es la alegría de la Vigilia Pascual, decía hace poco el papa Benedicto. En la resurrección de Jesucristo, el amor demostró ser más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal".

Una visión anterior de la fe cristiana se situaba en un esquema de dolor existencial. No desconocemos que muchas tribulaciones nos aquejan. Pero es necesario hacer realidad la victoria de Jesús sobre el dolor y la muerte. De lo contrario poco valdría una fe de ese estilo, destinada a entristecernos.




         
       
 
 
 
   
   
   
     
       
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