Jeremías
20, 7 -9. Jeremías ha de anunciar la caída de Jerusalén
y de Judá, y el destierro del pueblo a Babilonia. Lo cual
conlleva el desprecio del profeta. Él se consuela diciendo
que el Señor le ha seducido y por lo tanto no puede rehuir
la Palabra del Señor, que es fuego en sus entrañas.
Salmo 62, 2
– 9. Este salmo expresa la entrega del creyente en las manos
de Dios. El autor confiesa que todo lo suyo está dedicado
al Señor, en quien Él se siente confiado y seguro
de todos los peligros.
Romanos 12, 1 -2. El verdadero culto que hemos de dar a Dios es
vivir de tal modo que crezcamos en gracia y sabiduría. Así
lo explica san Pablo a los fieles de Roma. Buscando en todo el bien
de los demás y la felicidad mediante el cumplimiento de los
mandatos del Señor.
Mateo 10, 21
– 27. La gente tiene a Jesús por un profeta porque
le han visto realizar signos y curaciones. Pero Jesús no
es el Mesías o líder político que pensaban,
sino el "Hijo del hombre" que va a ser rechazado por los
poderes humanos, ser ejecutado, y resucitará al tercer día.
El camino del Amor de Dios va de la oscuridad a la luz.
REFLEXIÓN
Demasiados dolores
En la liturgia
del Viernes Santo hay un himno que alaba de forma poética
la cruz del Señor: “Ningún árbol fue
tan rico ni en sus frutos, ni en su flor. Dulce leño, dulces
clavos, dulce el fruto que nos dio”.
También
la tradición cristiana, ayudada por la poesía, pero
a la vez iluminada por la fe, le ha cantado al dolor de muchas maneras.
Maneras desmedidas a veces.
Por lo cual
muchos de nosotros podríamos reclamar: ¿Cabe la poesía
en esta pena, en esta enfermedad? ¿Es posible cantar este
fracaso, esta ingratitud, esta incapacidad? ¿Vale embellecer
esta catástrofe, este vicio del cual no puedo desprenderme?.
Luego de anunciar
su próxima muerte, Jesús les dijo a los discípulos
que si alguno quiere venirse con Él, ha de negarse a sí
mismo. Lo cual equivale a quitar de la propia vida todo aquello
que nos devalúa. Y enseguida tomar la cruz. Es decir, cumplir
los propios deberes, de modo consciente y constructivo.
Dos tareas que,
en muchísimos casos, no pueden realizarse sin sufrimiento.
Sin embargo, no es cristiano considerar el dolor como la esencia
de la vida cristiana. Lo cual nos llega desde inexactas teologías
sobre la redención realizada por Cristo.
En la sociedad
europea del siglo XI, cuando el honor debido a los señores
había de ser reparado a toda costa, san Anselmo arzobispo
de Cantorbery, enseñó: La ira de Dios, ofendido por
nuestras culpas, sólo pudo aplacarse al mirar a su Hijo despedazado
en la cruz. Más adelante, bajo la influencia protestante,
otros predicadores señalaron que Jesús nos redime
al sufrir el castigo que los mortales merecemos. Frente a tales
doctrinas el Padre Celestial, no sale bien librado. Ese Dios cruel
y desmedido en la justicia, no es aquel que Jesús nos describe
en sus parábolas.
Comprendemos
entonces que el Maestro no vino a la tierra a morir en la cruz.
Su objetivo fue amarnos “hasta el extremo”, como escribe
san Juan. Pero las circunstancias sociales y políticas de
su entorno lo llevaron a la crucifixión.
No fue por lo
tanto el sufrimiento sino el amor el que hizo redentor su sacrificio.
Lo cual concuerda con aquella frase de san Pablo: “Aunque
entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”.
En consecuencia,
a quienes pretenden construir el Reino de Dios mediante el sufrimiento,
se les abona su buena voluntad, pero se equivocan de técnica.
Ante el amor inmenso de Jesús, nosotros procuraremos imitarle,
amándolo a Él y a nuestros prójimos. Aceptando
además serenamente los sinsabores que, sin duda, nos reportará
este compromiso.
Conviene aquí clarificar la idea de mérito, algo tan
arraigado en nuestra religiosidad cristiana. Las buenas obras valdrán
pues ante Dios, no por el sacrificio que nos cuesten, sino por el
amor que guarden en su interior.
Sin embargo,
vale reconocer que el sufrimiento, ayer, hoy y siempre es un buen
mensajero. Pedagogo además. Sabe entregar los mensajes del
Señor, aún en aquellas desconocidas direcciones, donde
habitan quienes lo ignoran. Y en muchas ocasiones, el dolor es el
único que logra enseñarnos a amar a Dios y a los prójimos.
CALIDOSCOPIO
Otros posibles
temas para la homilía:
• Volver
sobre el quehacer profético del cristiano en la historia
de cada día. El profeta no es quien anuncia las calamidades
y las desgracias, sino aquel que es capaz de leer los signos de
los tiempos en clave de fe.
• Revisar
el culto que realizamos los cristianos. ¿Cómo celebramos?
¿Por qué celebramos? El verdadero culto debe ser en
espíritu y en verdad. Un culto que comprometa nuestra vida.
• Exponer
las condiciones de acuerdo al Evangelio que son necesarias para
el seguimiento del Señor: Negación de sí, cargar
con la cruz y seguirle.
• Reflexionar en el la realidad del hombre como “un
ser para la comunicación”. Para no cultivar de nuevo
el sentimiento de Jeremías: Un comunicarse sin destino, un
comunicarse sin respuesta, un comunicarse que vacía, que
angustia y que deprime.
• Repasar
las diversas pasiones que afligen al hombre de hoy. Pues la pasión
de Cristo se repite todos, los días en la historia concreta
de los hombres. Pasiones que, sin embargo, han de conducirnos a
la salvación.
*ASTERISCO
Aquel seductor
Al rogar a Pilatos
que les diera una guardia para custodiar el sepulcro del Señor,
los judíos le dijeron: “Recordamos que aquel seductor
dijo cuando aún vivía: A los tres días resucitaré”.
La expresión
que quiso ser peyorativa, no pudo ser más feliz. La fe cristiana
equivale a dejarnos seducir por ese Dios “que tanto amó
al mundo”… Recordamos entonces tantas frases del Cantar
de los Cantares. Y además la vocación de Jeremías.
Cuando él declara que es profeta a su pesar: “Me sedujiste,
Señor y me dejé seducir. Me forzaste y me pudiste”.
Tocamos aquí
los territorios del amor. Amor que es más fuerte que la muerte,
como afirma también la Palabra de Dios. "Esta es la
alegría de la Vigilia Pascual, decía hace poco el
papa Benedicto. En la resurrección de Jesucristo, el amor
demostró ser más fuerte que la muerte, más
fuerte que el mal".
Una visión
anterior de la fe cristiana se situaba en un esquema de dolor existencial.
No desconocemos que muchas tribulaciones nos aquejan. Pero es necesario
hacer realidad la victoria de Jesús sobre el dolor y la muerte.
De lo contrario poco valdría una fe de ese estilo, destinada
a entristecernos.