La
Santísima Trinidad
Éxodo 34,
4b-6. 8 -9. Israel había experimentado el compromiso liberador
de su Dios, una alianza de vida, una relación personal entre
Dios y el pueblo de su propiedad. Para renovar este pacto Moisés
sube al monte y pide perdón para su pueblo.
Daniel 3, 52
y siguientes. Hoy rezamos como salmo responsorial, una parte del cántico
de los tres jóvenes en el horno de Babilonia, luego de ser
librados del fuego, por el poder de Dios. También nosotros
agradecemos las bondades que Él continúa haciendo a
favor nuestro.
Corintios 13,
11- 13. Este final de la Carta a los Corintios nos llama a la alegría,
a la concordia, la unidad y la paz. Estas deberían ser nuestras
señas de identidad en medio del mundo. Si vivimos de este modo,
el Dios en quien creemos estará siempre con nosotros.
San Juan 3, 16
– 18. El Amor que Dios nos tiene es algo que no captamos del
todo. Nos entregó a su Hijo único, que vivió
entre nosotros, murió y resucitó para salvarnos. Y nos
envió su Espíritu para que vivamos en comunión
de amor, transmitiéndolo a los hermanos.
REFLEXIÓN
Una demanda pendiente
Cursa en el cielo
una demanda contra un grupo de bautizados. Ellos se han defendido
alegando que son teólogos. Pero san Lucas, fiscal para estos
temas, les ha dicho: El oficio que a ustedes compete, más que
complicar el evangelio, es explicar las cosas de Dios en lenguaje
simple y llano.
Todo ocurrió
cuando se introdujo en la liturgia de la Santísima Trinidad
un párrafo muy singular: “Eres un solo Dios, un solo
Señor, no en la singularidad de una sola persona, sino en la
trinidad de una sola sustancia. De modo que al confesar nuestra fe
en la verdadera y eterna divinidad, adoramos lo que es propio de cada
persona divina y también la unidad de la esencia y la igualdad
de su majestad”. La demanda continúa pendiente, hasta
que la corte celestial dicte un fallo.
Los peritos señalan
que esta curiosa fórmula viene de tiempo atrás, cuando
la experiencia cristiana se vertió en moldes griegos. Sin embargo,
cuando regresamos al Evangelio, descubrimos que para encontrarnos
con Dios, más que la tareas del entendimiento, valen las pesquisas
del amor.
A través
de la historia, muchos grupos humanos comprendieron que el universo
no se explica sin la existencia de un ser superior. Y se preguntaron
enseguida: ¿Dónde habitará ese Creador, quiénes
le acompañan, cuáles son sus costumbres, qué
pretenderá hacia nosotros? De tales inquietudes surgieron las
diversas religiones con sus desatinos y aciertos.
En un contexto
judeocristiano la búsqueda religiosa se ilumina por la palabra
de los profetas y luego por la presencia de Dios entre nosotros. Jesús
de Nazaret, a quien confesamos Dios y hombre, nos dio un curso completo,
que disipa toda incógnita sobre quiénes somos y adónde
nos dirigimos.
En repetidas ocasiones
el Maestro enseñó que Dios es Padre, no sólo
por su poder sino por su capacidad de perdón y su ternura.
Que se hizo visible en Jesucristo, su enviado, su palabra, su Hijo
unigénito. Igualmente que Jesús nos ha dejado su Espíritu,
su fuerza y su luz que empujan la historia hacia metas de equilibrio,
de realización, de plenitud.
La Iglesia primitiva, acunada sobre la enseñanza de los apóstoles
fue descubriendo la grandeza de Dios, que no se agota en una sola
persona. Y desde siglos atrás los cristianos de a pie aprendimos
a rezar: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”.
Cuenta además
san Juan, cómo el Maestro en una larga entrevista con cierto
rabino de Jerusalén, le descubrió en palabras sencillas,
algo que responde a aquellas preguntas iniciales: ¿Dónde
habitará ese Creador, quiénes le acompañan, cuales
son sus costumbres, qué pretenderá hacia nosotros?:
“Dijo Jesús a Nicodemo: Tanto amó Dios al mundo
que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno
de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.
Era de noche sobre
Jerusalén y Nicodemo, de cara a Jesús y lleno de asombro,
empezaba a sacar las consecuencias: Dios es amor. Amor sustancial,
dirían más tarde los teólogos, Amor en comunidad.
Y su proyecto sobre el mundo no es de ninguna manera condenarnos.
Es salvarnos a todos.
CALIDOSCOPIO
Otros posibles
temas para la homilía:
• Procurar
poner las bases que trae el Evangelio hacia la revelación de
un Dios Uno y Trino, que en siglos posteriores enunció la teología
católica.
•
• Si es un auditorio de niños utilizar una pedagogía
sencilla, mediante analogías que los acerquen al misterio de
Dios. Aunque Tomás de Kempis enseñó: “Vale
más amar la Trinidad que saber mucho sobre ella”.
• Describir el paso de una ciencia sobre Dios a una experiencia
cristiana sobre Él y sus consecuencias en la vida práctica.
• Explicar
a los fieles qué entendemos hoy por alabanza, gloria, acción
de gracias a Dios, que más allá de actitudes de oración,
han de ser también actitudes de vida.
• Escoger
algunas fórmulas de la religiosidad popular que mencionan a
la Santísima Trinidad y explicarlas detenidamente a los fieles.
Nunca nuestro lenguaje podrá expresar la realidad de Dios.
*ASTERISCO
Emergencia litúrgica
Parece que quienes
escogieron los textos para la Fiesta de la Santísima Trinidad,
con motivo de la reforma litúrgica posconciliar, se vieron
en apuros. ¿Dónde encontrar un párrafo que presente
con claridad y exactitud el misterio de Dios?.
Nos trajeron entonces
parte de aquel diálogo de Jesús con Nicodemo, ocurrido
en Jerusalén. De noche, porque el rabino visitante pertenecía
al gobierno judío y no quería mostrar su simpatía
por el Señor.
Y de aquella entrevista
destacaron el solemne manifiesto de Jesús: “Tanto amó
Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, para que
los que creen en él tengan vida eterna”.
Entonces descubrimos
aquí, no la esencia de Dios, cosa imposible. Pero sí
las manifestaciones más genuinas de su persona: Todo ha brotado
del amor infinito del Señor. El amó a nuestro mundo,
así como es, sin maquillarlo ni transformarlo de antemano,
como hacemos con los doce, a quienes lavamos los pies el Jueves Santo.
Y todo ello para que la humanidad se salve.
Como camino para
lograr esa meta, hemos de creer en Jesucristo. Con una fe que es apertura,
adhesión. Que es trasformar la vida en ese contexto de amor.
Una fe que es arrepentimiento y es esperanza.
De otro lado,
al final Jesús le explica a Tomás que él es el
camino para llegar al Padre.