25 de mayo


Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo


Deuteronomio 8, 2 - 3. 14b – 16. Moisés se dirige al pueblo de Israel recordando las hazañas del Señor y animándolo a tener presente todo lo que Dios ha hecho a su favor a través del tiempo.

Salmo 147, 12 y siguientes. Este salmo canta cómo Dios ha remediado una angustiosa situación del pueblo. Ya brilla la libertad, la puertas de las ciudades han sido reconstruidas, el pueblo está abastecido de pan. Un realidad que nosotros también nosotros aguardamos vivir, al poner nuestra esperanza en el Señor.

1 Corintios 10, 16 -17. Pablo nos recuerda que celebrar la Eucaristía es comer y beber el Cuerpo y la Sangre del Señor. Lo cual nos compromete a vivir al estilo de Jesús, en la rectitud y en la entrega a los hermanos.

San Juan 6, 51 – 58. Jesús se presenta a sí mismo como el pan vivo que ha bajado del cielo. El que da vida plena al mundo. Comulgar con el Señor implica unidad con su persona, con sus criterios y sus programas.

REFLEXIÓN

El sentido de un gesto

Junto al portal del viejo templo la vendedora de flores ofrece su mercancía. De vez en cuando, mira hacia el interior del recinto sagrado. ¿Pero en busca de qué? Allí vive Dios, aprendió siendo niña en las páginas del catecismo: “Dios está en todas partes, pero especialmente en el Cielo, en el Santísimo Sacramento del altar y en el alma del justo”.

Sin embargo no garantizamos que los discípulos hayan entendido el discurso de Jesús, cuando les habló del Pan de Vida. El Maestro apuntaba hacia la Eucaristía, la invención magistral de su programa: Quedarse de manera visible y a la vez misteriosa, entre los suyos. Un proyecto que se hizo real durante la cena de su despedida.: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo, les dijo el Señor. Tomad y bebed, esta es mi Sangre”. Pero además: “Haced esto en memoria mía”.

El maná que alimentó a los judíos en el desierto, anunciaba este Pan que nos daría Jesús. La multiplicación de los panes y los pescados prepararía a los beneficiados para comprender el poder del Maestro.

Cuando ya el Resucitado se va al cielo, la comunidad cristiana pone por obra el mandato del Señor, como leemos en Los Hechos: “Los creyentes eran asiduos a la enseñanza de los apóstoles, a la fracción del pan y a la oración. Y no había entre ellos ningún necesitado”.

Años después, san Pablo escribe los corintios, apoyando esta práctica con su experiencia personal: “Yo he recibido del Señor lo que os he transmitido. Porque él, la noche en que fue entregado, tomó el pan y se lo dio a sus discípulos. Y también la copa después de cenar. Y les dijo: Haced esto en recuerdo mío”.

Visto desde un satélite, nuestro planeta se mira tachonado de infinitos templos cristianos. También nosotros aprendimos que allí habita Dios. Pero conviene profundizar en la razón y las consecuencias de esta presencia.

Cuando sobre el altar recordamos a Jesús, lo sentimos presente: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos”. Aunque vale preguntar: ¿De qué manera? ¿Por qué medios? Pero frente a un amor todopoderoso no conviene investigar sus artificios. Sólo basta aceptar con alegría.

Para recordar la muerte y resurrección de Cristo, apoyamos nuestra deleznable memoria sobre los signos del pan y del vino. La afirmamos sobre el gesto de comer en compañía.

Lo cual nos invita además a compartir la vida, el pan cotidiano, nuestros dones y capacidades. ¿Será un ideal muy remoto que no haya en nuestro entorno ningún necesitado?

Pero además la Eucaristía guarda en su interior un poder todavía más excelente: Dijo Jesús: “El que come de este pan vivirá para siempre”. La muerte por todas partes nos acecha. Para ahuyentarla no valen los títulos honoríficos, los valores crediticios, el cariño de quienes nos aman. Ni siquiera las buenas obras. ¿De qué manera el Maestro transformó la muerte?. Hizo con ella, afirma un autor, un trabajo de taxidermia. Como los buenos cazadores que embalsaman las fieras que abaten en el bosque. Y ya no son sus enemigas. Quedaron convertidas en trofeos.

CALIDOSCOPIO

Otros posibles temas para la homilía:

• Hacer énfasis sobre la dimensión social de la Eucaristía, como proyección a los demás, especialmente a los más pobres.

• Insistir sobre la importancia y el valor de la misa dominical. Imaginar alguna metodología para llegar a los indiferentes y alejados, por medio de los fieles que participan en el culto cristiano.
• Explicar por qué el Sacramento del Altar es base y fundamento de todo el culto cristiano. No solamente por el rito, sino por voluntad de Jesús y por lenguaje de los signos que allí se nos presentan como ofrecimiento, vida, presencia, comunión.
• Revisar el compromiso apostólico que encarna la Eucaristía, el cual no termina al salir del templo. El P. Teilhard hablaba de la misa sobre el mundo. Presencia continua de Jesús en nuestra historia.

• Volver a recordar el significado cristiano y actual de varias palabras tales como: Eucaristía, liturgia, sacramento, comunión. Sin repetir frases anticuadas, sino construyendo significados comprensibles para los fieles de hoy.

*ASTERISCO

También sería una joya

Se cuenta que Urbano IV, y más tarde Clemente IV, fueron los papas que iniciaron y extendieron la Fiesta del Corpus a toda la Iglesia. Estamos en el siglo XIII.

El primero encargó a Santo Tomás de Aquino y a San Buenaventura redactar una liturgia para esta celebración, tanto en la Misa como en la Liturgia de la Horas.

El día señalado presentaron su respectivo proyecto. Santo Tomas ofreció los textos que hoy tenemos, con dos magníficos himnos, el “Lauda Sion Salvatorem”, el “Pange Lengua Gloriosi”, en magistrales versos latinos y además preciosas antífonas. Todo lo cual fue muy alabado por los presentes.

Enseguida se le pidió al santo franciscano leer su trabajo. Pero ¡ay!, el futuro cardenal lo había hecho añicos, admirado ante la sabiduría de santo Tomás. Pero imaginamos que también era una joya.

Hoy ya no vivimos esos tiempos donde la liturgia monacal abrigaba vida del pueblo. Donde la sabiduría de los teólogos empujaba la piedad de los simples. Pero queda la fe sencilla de quienes creemos y confesamos que la Eucaristía es el signo de una presencia. Un signo nacido del corazón de Cristo y avalado por su palabra.

   
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